
Discurso del Presidente

Presidente de Aragón,
Delegado del Gobierno de España,
Alcalde de Zaragoza,
Justicia de Aragón,
Secretario de Estado de Planificación e Infraestructuras,
Diputados y diputadas,
Autoridades,
Señoras y señores,
Bienvenidos de nuevo a nuestras Cortes, a este espacio que hoy nos place ver como el lugar de encuentros que nos propusimos hace tiempo, en la cita anual que nos congrega para celebrar la festividad de Aragón.
Esta institución se viene renovando hasta ahora cada cuatro años conforme a la voluntad de los ciudadanos y aquí se configuran las mayorías necesarias para formar gobiernos y sacar adelante sus políticas. Desde el Parlamento hacemos de forma cotidiana y constante el imprescindible ejercicio de reflexión, contraste de pareceres, búsqueda de acuerdos y toma de decisiones que requiere la gestión de los asuntos públicos; de los intereses comunes de los ciudadanos.
En ocasiones señaladas como ésta del Día de Aragón, es obligado ir más allá de los análisis sectoriales, abrir el objetivo y ampliar la perspectiva.
Evocando los orígenes de La Aljafería, me gustaría que hoy pudiéramos sentirnos como en aquel ‘Palacio de la Alegría’ de los reyes taifas, siquiera para una jornada como ésta de autoafirmación y exaltación de nuestros propios valores.
Me gustaría detenerme en la complacencia que propicia esta magnífica sede, compendio de la historia de Aragón y ejemplo en muchos momentos de convivencia y tolerancia de distintas culturas, razas y religiones… O en alentar el conocimiento de nuestro rico pasado milenario para afrontar mejor nuestro futuro.
Me gustaría recordar el esplendor de la antigua Corona de Aragón, que extendió sus dominios por todo el Mediterráneo…
Un rico pasado que algunos vecinos influyentes pretenden tergiversar con fines espurios y que en esta casa hemos tratado de poner en su sitio con el Espacio de Interpretación del Escudo y la Bandera de Aragón, abierto desde finales de 2009 a todos nuestros visitantes, cada vez más numerosos.
Sin embargo, la alegría de la fiesta cede espacio ante la preocupación por las graves dificultades derivadas de la crisis económica internacional que estamos atravesando, con el drama del paro a la cabeza.
Vaya por delante que reniego del derrotismo y la resignación. Al contrario; como responsable de la institución donde reside la voluntad de los aragoneses, quiero ofrecer hoy, ante todo, un mensaje de esperanza...
Un mensaje de confianza en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, lo que requiere partir del reconocimiento objetivo de la realidad para que las legítimas y necesarias críticas no nos lleven a la desazón, al pesimismo o la inacción.
La crisis se está revelando prolongada y resistente. Quien más, quien menos, todos tenemos parientes o amigos cercanos que han quedado en el paro y están sufriendo penurias. Igual que podemos conocer a pequeños empresarios –los principales generadores de empleo- que, a pesar de la solvencia de sus activos y una buena cartera de pedidos, de pronto pasaron a engrosar el círculo vicioso de la morosidad y la desmesurada contracción del crédito sobrevenida tras los excesos anteriores a la crisis.
Pero, comparativamente, muchos parámetros económicos y actitudes políticas están considerablemente mejor que en otras partes de España. Ni la confrontación política alcanza niveles de desmesura, ni los datos de nuestra economía han caído tan bajo como en el conjunto del Estado.
Se ha conseguido desde distintas instancias sortear algunas amenazas que se cernían sobre nuestra Comunidad, como la posible marcha a otros países de buena parte de la producción de la planta de Opel en Figueruelas, aunque ha continuado el goteo de expedientes de regulación y de cierre en factorías más modestas en localidades de Huesca, Teruel y Zaragoza.
Salir de la recesión todavía no se ha traducido en la creación de empleo, si bien nos coloca antes que a otros en el sendero de la recuperación.
En conjunto, me parece objetivo decir que, si sumamos esfuerzos y consensuamos acuerdos en lo básico, hay motivos para la esperanza.
Aunque hemos de ser conscientes de que todavía nos queda un tiempo de sacrificios. Por ahora no se vislumbra un cambio de paradigma. Aparentemente, la salida de la crisis no está llegando como se pensaba: con un refuerzo de la política…
De momento, la crisis no ha hecho sino acentuar la desafección, hasta el punto de que, más que como solución, la política es vista por la mayoría de los ciudadanos como uno de los principales problemas colectivos.
Es una alerta que no podemos soslayar, sino que hemos de afrontar de cara. Evidentemente hay que acabar con la corrupción, lo que requiere el concurso leal y sincero de todos los partidos e instituciones y de la sociedad civil en su conjunto.
Los políticos no somos sino el espejo de la sociedad y no es justo generalizar y extender a todos las culpas de una parte. Que haya gente sin escrúpulos ni principios éticos no justifica tener la misma consideración hacia los demás.
La inmensa mayoría de los ciudadanos ejercen sus respectivas actividades con honradez y, en el caso de muchos políticos pegados a su territorio y a su municipio, con el coraje añadido de practicar una dedicación a los demás no retribuida y ni siquiera reconocida.
Por eso quiero llamar la atención sobre las actitudes maniqueas, tremendistas y tramposas que, deliberada o inconscientemente, contribuyen desde distintos ámbitos a corroer el cemento que aglutina el sistema de convivencia democrático, que no es otro que la confianza de los ciudadanos entre sí, y particularmente hacia sus representantes y sus instituciones.
Aparte de la economía, se han encendido luces rojas en la justicia y en la política, entre otros ámbitos. Por eso insisto en que conviene estar prevenidos ante quienes minan el sistema desde dentro y alientan pulsiones populistas aprovechando momentos de debilidad como el actual.
La deriva de los partidos hacia posiciones cada vez más pragmáticas para ganar respaldo ciudadano en detrimento de la ideología ha de ser superada mediante posiciones éticas colectivas, asociadas a los valores propios del sistema democrático.
La democracia, con todas sus imperfecciones, es el mejor sistema que tenemos; el único que realmente puede asegurar a todos los ciudadanos unos niveles mínimos de dignidad, condición de la que emanan todos los derechos.
Tenemos que mejorar, naturalmente. Con cercanía a los ciudadanos, a quienes nos debemos. Con transparencia, campo que estas Cortes van a reforzar, tras varios años de espera, con la puesta en marcha de la Cámara de Cuentas…
Con participación, y permítanme que mencione el buen trabajo que, aun con distintas valoraciones, ha realizado la Mesa de la Montaña, igual que hiciera unos años antes la Mesa del Agua.
Hoy más que nunca es importante la conformación de una sociedad civil fuerte y decidida a participar en los asuntos de interés general… Lo que necesariamente pasa por unos ciudadanos bien informados. En este sentido, hago mías las palabras del Rey cuando hace apenas una semana animaba a seguir fortaleciendo el periodismo de calidad como “un pilar imprescindible de la democracia”.
Hemos de reconocer también que sería conveniente ganar agilidad a la hora de abordar los problemas de los ciudadanos… Si bien cierta distancia es necesaria siempre para no tomar decisiones apresuradas e impulsivas. Al fin y al cabo, esa es también la función de la ‘liturgia’ parlamentaria.
No nos engañemos: nadie tiene soluciones mágicas, nadie va a venir de fuera para resolver nuestros problemas. Podemos encontrar y poner en práctica soluciones, pero habremos de ser nosotros mismos quienes lo hagamos.
Como desgraciadamente hemos visto con el crack financiero, destruir resulta más fácil que construir, y el egoísmo, el afán de lucro desmesurado, los abusos, la violencia, la deslealtad, por supuesto la corrupción, corroen las bases de nuestra convivencia.
Por eso es imprescindible poner la ética a la cabeza de nuestras pautas de conducta. Y por eso quiero destacar la actitud constructiva de una mayoría silenciosa; las prácticas cotidianas y calladas de solidaridad de muchas organizaciones sociales, de muchos voluntarios y de personas altruistas; el trabajo bien hecho; el esfuerzo… Todo son piezas que se van sumando para hacer más fuerte el edificio democrático.
Estoy convencido de que, al igual que la crisis económica, el individualismo a ultranza y el desapego hacia la política han tocado fondo… De que la política va a volver a ocupar el lugar que le corresponde: no ocupar una posición subsidiaria de los mercados, lo que implica que la economía productiva prevalezca sobre la economía especulativa.
Sé que algunos de ustedes estarán esperando que hable de asuntos concretos como el sector público de la Comunidad, las relaciones bilaterales con el Gobierno central o del patrimonio propio que permanece fuera de Aragón. Mas no es mi función pronunciarme sobre las cuestiones que aquí se debaten, como hoy mismo.
Mi cometido básico es asegurar que los diputados puedan hablar de lo que quieran en plena libertad y con respeto a las reglas que todos nos hemos dado. Y, a fuer de ser sincero, he de confesarles que estoy moderadamente satisfecho de la labor desarrollada, aunque es perfectamente normal y lógico discrepar a veces con el árbitro, que, como todo ser humano, se puede equivocar.
Los dirigentes políticos siempre pueden encontrar motivos para la reivindicación, un ejercicio saludable siempre que sea acorde con el título jurídico del que nos hemos dotado con nuestro Estatuto de Autonomía, que hemos empezado a desarrollar y que aún ha de desplegar su gran potencial.
Observarán que estoy hablando la mayor parte del tiempo desde un enfoque general. Aragón, afortunadamente, no es una isla, y cada vez lo será menos. Por historia y geografía, siempre hemos tenido una proyección abierta al mundo, que desde estas Cortes también estamos impulsando, con especial atención hacia Iberoamérica, desde la Fundación Manuel Giménez Abad, que mantiene su progresión como foro de reflexión y centro de estudios políticos.
Además, el margen de intervención en defensa de los intereses generales desde la propia Comunidad es limitado, porque también dependemos, en gran medida, de decisiones que se toman en otros ámbitos, especialmente desde la Administración del Estado y la Unión Europea.
En sentido inverso, el singular modelo de Estado descentralizado que hemos construido en España ha acreditado -a pesar de los conflictos y las imperfecciones- su eficacia para la prestación de los servicios básicos del llamado Estado del bienestar. Y por tanto las regiones también desempeñan un papel fundamental para pasar de la Europa de los Estados a la Europa de los ciudadanos.
Aragón tiene una acreditada vocación europeísta, claramente recogida en nuestro Estatuto y, al igual que España y el conjunto de la Unión, se enfrenta a retos demográficos que obligan a priorizar las políticas de inmigración e integración.
Como vimos la semana pasada en la cumbre europea celebrada en Zaragoza, la calidad de la democracia pasa por esa integración, que lleva implícito un reparto más justo de la riqueza. Y no está de más recordar que buena parte del PIB de Aragón lo generan los más de 150.000 inmigrantes de nuestra Comunidad, que representan ya el 12,7 % de nuestra población.
Señoras y señores, el verdadero progreso humano es el resultado de proyectos colectivos, pero también de la suma de muchos esfuerzos individuales acumulados a lo largo de la historia.
Las Cortes de Aragón han querido distinguir hoy con la Medalla de la institución a una de esas personas que contribuyen decidida y decisivamente al progreso colectivo: el cirujano e investigador altoaragonés Miguel Ángel Santos Gastón.
Su inquietud científica -que enlaza con la tradición investigadora en Aragón- le ha llevado a ser pionero en la implantación de técnicas y metodologías para el tratamiento de patologías vasculares.
La actitud de entrega a los demás ha sido una constante en la trayectoria humana y profesional de Miguel Ángel Santos. Imbuido del espíritu montañero que le ha marcado desde su infancia, siempre ha huido del vacío y efímero concepto de éxito extendido en la sociedad, y ha antepuesto la sencillez, el trabajo callado y constante y sobre todo la proximidad con el paciente y el contacto directo con la gente llana de su querida tierra.
Sería prolijo relatar los muchos éxitos profesionales que jalonan su currículum. Simplemente apuntaré que, con su trabajo, multitud de personas con patologías y lesiones muy graves han visto mejorada notablemente su salud.
Doctor Santos, gracias por ayudar a mitigar el dolor de muchas familias y mejorar la esperanza y la calidad de vida de muchos seres queridos; por impulsar la prevención de accidentes vasculares; por mantener la misma curiosidad e ilusión que un joven científico.
Con este premio queremos expresar también el reconocimiento de las Cortes al excelente trabajo y a la labor fundamental y a menudo abnegada que desarrolla el personal sanitario de nuestra Comunidad.
SEÑORAS Y SEÑORES, éste es el camino. El compromiso, la solidaridad, el esfuerzo, el trabajo en equipo, la lealtad mutua, la conciencia colectiva… Y por supuesto el valor de la palabra como instrumento de resolución pacífica de conflictos, el diálogo sincero y leal entre los representantes políticos y sus líderes, la democracia… No hay otra forma de superar las adversidades.
La ciencia demuestra que el ser humano progresa reduciendo su egoísmo y ampliando su empatía, es decir, su capacidad para ponerse en el lugar del otro y compartir sus sentimientos.
Lo explicaba recientemente el economista y escritor Jéremy Rifkin, Premio Aragón Internacional 2007, apuntando que la revolución de las comunicaciones y el auge de nuevos sistemas energéticos en pos de una imprescindible sostenibilidad ambiental brindan el caldo de cultivo apropiado para adquirir una nueva conciencia planetaria.
CONCLUYO: Desde este rincón donde miramos y nos mostramos al mundo, quiero proclamar hoy mi total confianza en nuestro futuro. Confianza en que sabremos superar juntos las adversidades y sacar lecciones provechosas de esta crisis.
Estoy convencido de que empieza a reactivarse la ilusión y la conciencia colectiva. Tengo gran confianza en la movilización ciudadana, en la rebeldía de la juventud y en la prudencia y la experiencia de la madurez…
Tengo confianza en los aragoneses, que en estos años de Autonomía hemos construido una Comunidad moderna, preparada y con capacidad de imaginación, integrada en España y en Europa y proyectada hacia el exterior.
Confío en nuestros hombres y nuestras mujeres, en nuestros agricultores, en nuestros empresarios y nuestros trabajadores, en nuestros profesionales. Confío en nuestros profesores y en nuestros estudiantes. Confío en nuestros padres y en nuestros hijos. Y, naturalmente, confío en los representantes elegidos por los ciudadanos, porque tengo plena confianza en la democracia y en su piedra angular: el Parlamento.
Y desde nuestro Parlamento les felicito en el Día de Aragón.
Muchas gracias.
Discursos del Presidente
