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Jabois o el periodismo de adversativas a la intemperie

Jabois o el periodismo de adversativas a la intemperie
El periodista y escritor gallego ha protagonizado ante medio centenar de asistentes una nueva sesión del ciclo Conversaciones en la Aljafería junto a su compañero de profesión Antonio Ibáñez y al escritor Julio José Ordovás

Zaragoza, 24/10/2018.- El regusto por la palabra del escritor y periodista Manuel Jabois (Pontevedra, 1978) ha conducido esta tarde a un auditorio de medio centenar de personas a algo más de una hora de vertiginoso viaje por la actualidad y los arcenes de su propia personalidad, en una nueva edición del ciclo Conversaciones en la Aljafería que ha tenido lugar en la Sala Goya del Palacio de la Aljafería de Zaragoza. El también periodista Antonio Ibáñez y el también escritor Julio José Ordovás han tratado de encauzar el torrente discursivo de Jabois, a quien le basta con que alguien le dé pie para deslizarse por la tradición oral gallega, el vallenato colombiano estudiado por Salcedo Ramos como origen del periodismo, el recuerdo emotivo de la muerte de su abuelo y ese acercarse al abismo de ser el siguiente, su pasión madridista y su deseo de poder cubrir alguna vez unos Juegos Olímpicos o, aunque sea, escribir sobre la final de los 100 metros lisos.

Recién llegado del fuego dialéctico cruzado del Congreso de los Diputados, adonde había acudido buscando una contracrónica finalmente fallida, Jabois ha desplegado un amplio repertorio de reflexiones y vivencias sobre su profesión y su persona. En un momento se declara melancólico e inseguro, prefiere considerarse “un madridista que se acerca a la política” antes que un columnista político y se felicita por el cambio de dirección en El País, porque “hemos recuperado a nuestros enemigos”.

Ha comenzado por rehuir el cliché del galleguismo (el “si te digo la verdad, te mentiría”) porque “la ambigüedad tiene parte de cobardía”. Él se moja en cada una de sus columnas y en cada una de sus intervenciones en la radio, pero descarta posicionamientos públicos. No es otro abajofirmante. “Me gusta que la gente saque sus propias conclusiones”. Y mucho menos contempla sumarse a esa ola reciente que inunda los medios con periodistas de trinchera. “Resulta dramático porque por ese camino te enjaulas y lo haces con tus argumentos”. Esa gente piensa una cosa, pero tiene que decir otra porque sus seguidores no se lo perdonarían. Ellos son los que alimentan al personaje. Qué independiente eres, que dices justo lo que yo pienso”, ha reflexonado.

Lo dice porque hace tiempo que se liberó de la tiranía del qué dirán. “Cuando eres un novato te preocupa lo que piensen esos aplaudidores. Al principio jode, pero, si te acostumbras, estás muy cómodo en la intemperie. Desde luego todas mis columnas están llenas de adversativas”, analiza.

El periodista gallego exprime cada detalle de la escena general y acaba reparando en lo que cualquiera, por banal, habría pasado por alto. El bedel que, en el Congreso, entra y sale de plano con el vaso de agua para el orador de turno. Eso le sirve a Jabois para tirar del hilo de una historia que luego contará (o no). “Me gusta escribir de lo que los demás no escriben. Es un poco soberbio, pero puedo hacerlo porque hay otros compañeros que se encargan de contar lo que ocurre”. Y, así, saca el jugo de cuándo y cómo bebe quién. Como Pedro Sánchez, justo antes de abordar el maltrago saudí. El vaso desaparece y vuelve a aparecer, -“¿será el mismo?”-se pregunta, con Pablo Casado acusando al presidente de golpista. “A dónde llega el ridículo de mi profesión, que hasta consulté fuentes para saber cómo funciona eso”, se ríe de sí mismo antes de reconocer su pequeño naufragio con el artículo.

Ordovás encuentra en su estilo, según ha reconocido, trazas de Umbral, quien acostumbraba a comenzar sus columnas con algo tan cotidiano como el acto de ir a comprar el pan. “Trato siempre de empezar las columnas con un detalle personal”, reconoce Jabois. Entonces, los personajes de la actualidad política intentan mantener su gravedad y relevancia entre escenas de una serie a la que el columnista se ha enganchado, un libro que, si no ha leído, acabará leyendo o algo curioso que le ocurrió el otro día bajando al portal. “Me gusta coger la barra de pan de Umbral”, sintetiza el ya varias veces etiquetado como nuevo Umbral, al menos hasta que descubrió la identidad del padre del autor de Mortal y Rosa en la portada de El País.

Jabois considera que hace falta el humor en los periódicos y en el análisis político. Humor para llamar al por entonces ministro Cristóbal Montoro “activista con corbata”, justo el día que unas integrantes de Femen la liaron en el Congreso. “La sesión transcurría con normalidad, con varias mujeres en tetas gritando colgadas de una grada […] hasta que por fin un espontáneo dijo que los salarios estaban creciendo en España”. Humor con “retranca” para desarmar posturas frentistas y prietas las filas.  

Pero Ibáñez, que más de una vez se habrá topado con la fatuidad de sus señorías, le pregunta si antes de hacerse un columnista de referencia le causó algún problema la falta de humor de los representantes públicos. “Los políticos sí tienen humor, pero el problema está en su capacidad para detectarlo”, ha apuntado. La ironía, las ideas originales y el lenguaje llano le permiten moverse a su antojo por la actualidad, aunque a veces esa despreocupación le haya ocasionado problemas con sus lectores. Pero, si algo tiene claro a sus 40 años, es cómo ha de escribir.

“No me gusta hacerlo con asteriscos o paréntesis. Es muy desgraciado encriptarse. Cuando empecé en esto con 19 años pensaba que debía deslumbrar y que para eso tenía que escribir muy bien, con unas metáforas del copón, pero escribir bien es que te entienda todo el mundo. Usar un ritmo y una estructura. Es borrar bien, saber lo que no tienes que escribir”, explica. Y en la conversación se deslizan sus influencias estilísticas: Camba, Fernández Flórez, Carrère, Alvite, Espada… “Arcadi tiene un columnismo de ideas con las que muchas veces no estoy de acuerdo, pero siempre aporta ideas”, reconoce.

El acúmulo de experiencias le permite mirar de frente al reto de la novela, aunque sigue recelando del folio en blanco si le falta el asidero de la realidad. “Me gustaría escribir una novela que fuera aclamada por la crítica y que me diera para retirarme, pero me doy cuenta de que el periodismo es adictivo. La actualidad es una droga bastante potente. Subes un texto a cualquier hora y, a los diez minutos, tienes tu buen chaparrón de insultos o elogios”, analiza. “Soy muy inseguro y si escribo dos páginas de un libro, no sé si es una mierda o no. Además, me cuesta horrores el trabajo a medio plazo”, reconoce.   

“Siempre quise ser periodista. Ahora, con 40 años, en lugar de comprarme un coche, quiero escribir una novela. Dentro de un año me habré olvidado de ella y dejaré otra vez el gimnasio. Como cuando de pequeño quería ser un poeta trágico e iba vestido de negro. Hasta que mi padre me dio una bofetada y me puso a andar”, recuerda.
 

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